| June
2008
Radical
hospitality helps us see God’s face in others
En Español
In recent decades, hospitality has become an
enterprise for advancement, if not for profit.
We now have a hospitality industry, which charges
for various perks so that we may feel appreciated
and important. The more lofty a person’s
status and willingness to pay, the more elaborate
the welcome.
A couple of years ago, I watched a baseball
game from a hospitality suite. I had never been
so pampered nor felt so important: A different
snack or entrée was presented every inning,
so the evening amounted to a nine-course meal.
I wondered if it all cost an arm and a leg,
and the friend who had invited me assured me
that, in fact, it did.
Many of us also have been taught that hospitality
involves a rather intricate calculus of minimizing
social debts. If someone invites me to something,
I need to invite them in return. If I am given
a present, I need to give one back. Many of
us get a bit edgy if we feel that we owe someone
a gift, a meal or a meeting. We want to keep
the social obligation at or near zero.
As it has evolved in the modern Western world,
hospitality is about reinforcing social boundaries.
We want to be kind, serve as gracious hosts
and perhaps win some affection and advance our
prospects – usually within the circle
that we know, or want to get to know.
These are important social graces. But as
much as we need them – and, in an increasingly
raw and rude world, we would do well to improve
upon them – nevertheless they are a far
cry from biblical hospitality.
Biblical hospitality is radical hospitality
– which is the hospitality of Jesus. Jesus
insists that the guest list to a luncheon or
a dinner should include those who can’t
even begin to think about repaying a social
obligation – the poor, the crippled, the
lame and the blind (Luke 14:12). In other words,
the people we would be least likely to invite.
Instead of reinforcing social boundaries,
Jesus’ hospitality turns them upside down.
All are welcome, not just those who know the
secret handshake or who have the right pedigree
or can buy their way in through the gate of
hope.
All are welcome.
And in the ensuing confusion, a community
begins to be created that is marked by appreciation
rather than obligation. Radical hospitality
is about offering the gift of the best of who
we are without any expectation of payment or
payback. That, for me anyway, enables a deeper
appreciation of Jesus’ gift of himself
to us.
Radical hospitality involves welcoming the
stranger – not with the expectation that
the stranger will become less strange by conforming
to the norms of a particular social group, but
with the invitation to live into the fullness
of who he or she is, with everyone being blessed
as a result.
I am learning about radical hospitality in
this unique household called the Diocese of
Newark. Over and over again, I see ministries
marked by a hospitality that transforms strangers
into friends, with the uniqueness of everyone
involved being honored and celebrated.
I also am learning, in an odd but wonderful
way, that radical hospitality is almost a selfish
act. As we become more disciplined in the offering
of the hospitality of the living Christ and
as we are freed from the need to keep track
of social obligation, profit or debt, we position
ourselves to be better able to see the face
of Christ in the faces of family, friends and
strangers alike. And that is its own freedom.
“We saw a stranger yesterday. We
put food in the eating place, drink in the drinking
place, music in the listening place. And with
the sacred name of the triune God, he blessed
us and our house, our cattle and our dear ones.
As the lark says in her song: Often, often,
often goes the Christ in the stranger’s
guise.” – an ancient Celtic
rune of hospitality
+Mark M. Beckwith
La hospitalidad radical nos ayuda a ver el
rostro de Dios en otros
Translated by the Rev.
Rubén D. Jurado, diocesan Commission
on Hispanic/Latino Ministry chair
En décadas recientes la hospitalidad
se ha convertido en una empresa de ascenso y
también de ganancia. Ahora tenemos una
industria de hospitalidad que cobra por varios
servicios de manera que nos sintamos apreciados
e importantes. Entre mas destacada y decidida
a pagar una persona sea, mas elaborada es la
bienvenida.
Hace unos años vi un juego de béisbol
desde una suite de hospitalidad. Nunca he sido
tan mimado ni me he sentido tan importante.
Un pasa bocas diferente o un plato principal
fueron presentados durante cada entrada. y así
en la noche se sumaron hasta nueve platos de
comida. Yo me preguntaba si todo costaría
un brazo o una pierna y el amigo que me había
invitado me aseguró que de hecho así
lo era.
A muchos de nosotros se nos ha enseñado
que la hospitalidad envuelve un mas bien intricado
calculo que disminuye la deuda social. Si alguien
nos invita a alguna cosa, yo debo invitarlos
también. La mayoría de nosotros
nos sentimos un poco nerviosos si pensamos que
le ebemos
a alguien un regalo, una comida o un encuentro.
Queremos conservar la obligación social
en cero o muy cerca de cero.
Como se ha desarrollado en el mundo occidental,
la hospitalidad consiste en reforzar las costumbres
sociales. Queremos ser amables, servir como
elegantes anfitriones y quizás ganar
algún afecto y avanzar en nuestras posibilidades
usualmente dentro del circulo que conocemos
o al cual quisiéramos conocer.
Existen muchas elegancias sociales. Pero por
mucho que las necesitemos , en un mundo cada
vez mas crudo y grosero, haríamos bien
en perfeccionarlas; no obstante que son bien
diferentes a la hospitalidad bíblica.
La hospitalidad bíblica es una hospitalidad
radical como la de Jesús. Jesús
insiste que la lista de invitados a un almuerzo
o a una cena incluya a aquellos que no pueden
aun empezar a pensar en repagar una obligación
social – el pobre, el lisiado, el cojo
y el ciego (Lucas 14:12). En otras palabras,
las personas a quienes nosotros no invitaríamos.
En vez de reforzar las costumbres sociales,
Jesús las voltea al revés. Todos
son bienvenidos, no solamente quienes saben
la clave al saludar de mano o aquellos que tienen
el pedigrí correcto o quienes pueden
comprar su camino a través de la puerta
de la esperanza.
Todos son bienvenidos.
Y en la subsiguiente confusión una
comunidad comienza a ser creada siendo marcada
mas por el aprecio que por la obligación.
La hospitalidad radical consiste en ofrecer
el regalo de lo mejor de nosotros mismos sin
ninguna expectativa o pago. Eso, para mi de
todas maneras, permite una apreciación
mas profunda del regalo de Jesús mismo
para con nosotros.
La hospitalidad radical consiste en darle
la bienvenida al extraño, no con la expectativa
de que el extraño se volverá menos
extraño al acogerse a las normas de un
grupo social particular, sino mas bien con la
invitación a que viva a plenitud lo que
el o ella es; siendo todos bendecidos como resultado
de esto.
Estoy aprendiendo acerca de la hospitalidad
radical en esta familia conocida como la Diócesis
de Newark. Una y otra vez veo ministerios marcados
por una hospitalidad que transforma extraños
en amigos, con la singularidad de que cada uno
de los involucrados está siendo honrado
y celebrado.
También estoy aprendiendo, en una rara
pero maravillosa manera que, la hospitalidad
radical es casi un acto egoísta. En la
manera en que nos volvemos mas disciplinados
en el ofrecimiento de la hospitalidad del Cristo
viviente y al ser liberados de la necesidad
de mantener el inventario de la obligación
social, de la ganancia o de la deuda; nos posicionamos
en una mejor perspectiva para ver el rostro
de Cristo tanto en las caras de la familia,
amigos y extraños. Y esa es su propia
libertad.
“Vimos a un extraño ayer.
Servimos comida en el lugar para comer, bebida
en el lugar para beber y música en el
lugar para escucharla. Con el sagrado nombre
del Dios trinitario, el nos bendijo y a nuestra
casa, a nuestro ganado y a quienes amamos. Como
dice la ronda en su canción: A menudo,
a menudo, a menudo, va el Cristo en la apariencia
del extraño.” – Antiguo
inscrito Celta acerca de la hospitalidad.
+Mark M. Beckwith
|